Libérate

Relojes de pega por todo Chinatown, un tiro en el salón de mi casa. Los choques laterales y la industria siderúrgica, los formularios y los pliegues que imputan mi acumulador minado.

Y en un soplo de tiempo me aglutino con el astral espacio.

Gélido.

Hecatombes de ejércitos que balan en la invocación hacia un sol artificial, figuras y tramos cortos de cristal esparcidos por mi pulso, cicatrices niqueladas que dejan en el tintero ráfagas pueriles de amor en un campo de minas.

Tan sólo los monos como yo pueden derrochar los plátanos de esta manera.

Tan gélida.

Juramentos hipocráticos y causas penales, textos gubernamentales, excesivas cañadas cómo para seguir su cauce y ciclones de saltos en el tiempo separados por minutos.

Este banco está ocupado.

El padre se cambió el nombre por otro y el hijo disminuyó de manera geométrica.

La música de espera que me altera, y los ojos payasos que ni siquiera merecen que los califique con una profesión tan digna.

Cómo la de los clowns

Cómo un puño que penetra en la atmósfera del yelmo que llevabas sitiado en tu cabeza
Y encima estás tú, desquiciándome como las firmas de hace un rato. Bic naranja escribe fino. Nunca podría ser un bic naranja, hacía carreras en clase de ortografía cuando era pequeño y ahora escribo fatal.

Desprendo normal.

Te ausentas.

Normal.

Mis palabras se afilian y saltan de un agujero a otro por tu puto túnel, como el aire de los molinos que se ven en la autopista. Ahora mismo sólo añoro la noche y el desierto hecho de asfalto con las luces electrónicas. Y la torre que marcaba un rato las horas y otro rato la temperatura y en su interior indica que penetras en antiguos reinos devastados.

Para siempre.

IV

Paz y quietud

En el abdomen que sube

La actividad inutil hace las maletas

En el abdomen que baja

Y no deja ningún disfraz para mi

Una espina de una rosa sobre un guante blanco

Un vago en una iglesia

En todos los aspectos

Para aprender a andar,

que no me salven

que no naden

Que hoy tengo un movil en el islote de mi mente

y he pedido un desierto a domicilio

III

Un mormón libera mis vértebras
Yo sólo quiero seguir vigilando el mundo como antes
Ver salir el sol cuando se acabe el fuego
Soy una noria cerrada
Ya no doy vértigo
El desierto mental es la paz mundial
Áspero, pero a la vez afamado
Como un puro en los toros
Nunca llegarás a estos derroteros
Mis deseos son niñas de fuego jugando a la comba
Mis dolores me castigan sin recreo

II

Tú y yo: una película para niños grandes

Ya nadie quiere casarse con la muerte

Un violín se acerca en el ocaso de la noche

A través de las ondas del microondas ventrílocuo

Una mira telescópica hacia las formas geométricas

Ojo por ojo, ojo al cuadrado

Manga por hombro

Ojos que se ven a través de la rejilla

De un vagón lleno de caballos

Dentro del camino eterno

Hacia la luz

Que no existe

I

Siempre se convierte en casi siempre con el filo

De la luna cortada

En las noches de la producción inutil

Parecido a la ficción

Coincidencia

Ajena ahora

Contada siempre

Tan solo frases hechas me dictan esos cuerpos celestes

Bajo el manto de una cama cerrada por vacaciones

Olvidemos fraternalmente la paz

Huesos que me gritan que deje de domar a los caballos

Ya no estás para estos trotes

Levántate y anda

Mierda

Niquelado queda el suelo, para mancharse después

El sol alumbra

Ficticio

Hasta que lleguen los nimbos ensombrecidos que reinan en el cielo de mi cabeza.

Mi reino se va por el desagüe.

Los carros blindados ya no tienen conductores.

La heroína y el jazz son hermanos mellizos


Atácame

Con todas tus fuerzas


Efímera mi vasta faringe en redada de ganglios linfáticos.

Acopios de pato a la naranja sobre el pedestal

Plétoras en un aeródromo de Kazajistán


Tan lejos

Tan cerca


La fe no se puede explicar, te adopta como a una niña china

Esto no es ninguna ong caballero

Vigoroso es don peculio

Mis clamores no se espantan de una cuna


Sobre Vietnam

Bajo mi piel


Curvas y rectas, eyaculación post-mortem

Todos los vasos de plástico acaban incinerados

El gol de doble chilena y el tranvía o el metro

Me da igual que me da lo mismo que todo sea exactamente igual


Sol efímero

Bajo mi piel


Clon de clones, rey de reyes

Es de muy mala educación cuchichear en público

Y silbar con las aletas bajo el agua



Cántame

Me dijiste: “Cántame”

Amor de verano

Este texto es el que aporté humildemente al último número de la revista cultural gratuita DELIRIO. Podeis descargarla AQUI

Amor de verano

Conocí a Silencio por casualidad. Casi nunca cambiaba de muda pero siempre llevaba consigo la corrección de un diplomático. Era una droga preciosa, sin efectos secundarios. Hasta mis endorfinas dormían cuando abrazaba su cuerpo.

Habitualmente, hacía su aparición por la noche, sin avisar, sin percibir el retumbo de los besos que me hacían alunizar.

La última vez que vino a verme fue a última hora y llovía. El clamor de la lluvia violenta y el cielo plúmbeo envolvían con papel de ruido los regalos callejeros. Desde mi cama sentía las gotas de agua golpeando el cristal. Cuanto advertí su presencia en la habitación, el mundo se cerró de golpe, siendo el sonido de las puertas del conocimiento el último eco que anunciaba nuestro amor silencioso. Ella entró sin saludar, como siempre; sin modos ni artificios escritos o diseñados por cualquier mente humana. Me abrazó. Había tanto espacio por congelar que enfrió mi cuerpo primero con la dulce muerte de los sentidos y sus besos taciturnos. Por momentos creí escuchar el sonido de mi corazón agotándose pero cuando Silencio te abrazaba, no escuchabas absolutamente nada; una bomba sosegada estallaba en mis oídos dejando paso a un mundo desconocido, forastero, enmascarado.

Hicimos el amor casi toda la noche. Intentaba gemir pero en su naturaleza no estaban permitidas las palabras sonoras, tan sólo la pléyade de orgasmos de amor etéreo y mi cuerpo placenteramente muerto.

Y el sueño me invadió como la marea subiendo y no pude resistirme a sus encantos. Un sueño de amor de verano sin límites, sin achaques, sin excesos, sin los ruidos de los coches ni las gotas de la lluvia como guantes de boxeo; un pause en el botón de cualquier mando.

Las desventuras de Carlos Gilipollas

Soy Carlos Gilipollas y juro con la mano sobre mi colección de películas de Dvd de comedias románticas decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.
Lo peligroso de ser un religioso del amor es que, cuando la pasión se va de viaje, tú te quedas sólo. No hay nada más. No hay Jesucristo, ni Buda ni Ala capaz de consolarte porque para el seguidor del amor, todo eso son iconos de madera. El problema es que la creencia enfervorizada en algo te impida ver que el amor no es más una puta barata en ocasiones y a pesar de todo sigues confiando ciegamente en él porque es tu única manera de darle un sentido a la vida, aunque sea tan falso como los paganos que van a misa los Domingos. Es pura supervivencia. Todos tenemos que encontrar nuestra razón.

El indestructible apetito voraz de adhesión del ser humano convertido en cenizas. He aquí una muestra. La última carta que me envió mi última novia, Alodia. Supongo que la novísima amante de las cartas del mundo:

“Hoy en día casi nadie ama las cartas para comunicarse entre sí. No hay más que percibir en el ambiente subliminal de lo que nos rodea, cómo las llama la gente: ordinarias. Han pasado de ser la dama más elegante y romántica a ser una puta en un rastrojo. Hoy todos quieren follar con internet. Pero yo amo a las cartas, sobre todo las de amor, hay un ideal romántico en ellas que me fascina. El mundo exterior trabajando de un lado para otro por tu amor, para tu amor, con tu amor en las manos. Mientras, tú, descansas recapacitando, pensando y asimilando lo que acabas de hacer. Así, justamente debería ser la vida. Actuar y tener tiempo para pensar. Sin prisas, sin urgencias impuestas subliminalmente. Esa es la razón fundamental por la que te dejo escribiéndote esta carta. Otros terminan por mí el trabajo agotador, del cual dimito. Siempre yo sola por nuestro amor, para nuestro amor hace tiempo inexistente”

Reconozco la valentía implícita de sus actos, aunque es incomprensible para mi debil cerebro, incapaz de procesar semejante actuación. Es valiente matar al amor, aunque ya estuviera muerto. Es animoso y un tanto bizarro acudir a reconocer el cadáver del amor, pero yo soy incapaz. Toda mi vida he visto amor. Y si no lo había, me lo inventaba o jugaba con mi cabeza unas malas pasadas con las drogas. Cuando el amor trabaja de noche, yo me drogo y me ausento del mundo. Nada tiene sentido. Soy un miembro de una secta dispuesto a liberar gas tóxico en cualquier metro del mundo y morir por la causa. Si el amor me dijera que me tirase por la ventana cuando me tiene hechizado, mi cara destrozada en el pavimento mostraría un atisbo de sonrisa subnormal.

Continuará por siempre. Hasta el día en que muera. Seré un Gilipollas de los Gilipollas de toda la vida.